Smart city: ¿qué hay detrás de este nuevo modelo de ciudad?

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El término smart está siendo aplicado indiscriminadamente en los últimos años a todo, incluso a las ciudades. Estas no paran de crecer, hecho que provoca la necesidad de crear un ecosistema cada vez más conectado. Smart city, ciudad inteligente o ciudad eficiente son términos que llevamos escuchando tiempo en el ámbito tecnológico.  El objetivo de este nuevo modelo de ciudad es unir la tecnología con los recursos urbanos de manera inteligente y sostenible.

Infraestructuras, innovación y tecnología orientadas hacia la sostenibilidad, sin olvidarnos en ningún momento del foco: las personas. Debemos tener claro esto, no se trata de incorporar tecnología sino de generar soluciones a problemas reales de los ciudadanos para mejorar su día a día y hacerles la vida más fácil. De esta forma, mejorará la calidad de vida. Pero, ¿hacía dónde avanza esta tecnología?

Desde una farola inteligente hasta la gestión del agua, cualquier elemento que imaginemos puede convertirse en smart. Controlar el consumo de agua y energía en tiempo real así como la calidad de las mismas y su optimización, monitorizar el tráfico del momento, semáforos, paradas de autobús y señales inteligentes, etc. Todo esto formaría parte del nuevo concepto de ciudad. Esta es la visión general y lo que nos imaginamos cuando visualizamos una ciudad inteligente. Pero debemos ir más allá, indagar hasta llegar a lo que esto supone, una gran fuente de Big Data y una gigante plataforma de Open Data. Por ejemplo, una buena planificación de datos abiertos podría suponer el aumento de la eficiencia de servicios urbanos como la seguridad, el transporte o los servicios de emergencias. La gestión sería más rápida y la eficiencia mucho mayor.

En el top de las ciudades inteligentes se sitúa Tokio. La ciudad nipona se encuentra inmersa en planes de mejora smart de la gestión energética, de la movilidad, de los edificios urbanos, etc. Tanto allí como en algunas ciudades europeas ya es habitual acceder al transporte público, incluso a los servicios sanitarios, a través del teléfono móvil mediante tecnología NFC. En el lado del Open Data, también en el país nipón, han establecido una red de sensores que se encuentran repartidos por toda la región para prevenir emergencias, alertar a los ciudadanos de desastres naturales y poder mejorar la gestión de las evacuaciones. A ello se suman los edificios inteligentes con su propio sistema de autoabastecimiento energético, solución tanto para oficinas como para viviendas residenciales.

En el plano social, el Big Data puede acabar con el desperdicio de alimentos, un grave problema humanitario. Según un informe presentado por la FAO (Food and Agriculture Organization of the United Nations), se desperdician 1300 millones de toneladas de alimento en Europa al año. Para frenar el problema, la tecnología es un gran aliado.

La necesidad imperiosa de solventar este conflicto ha llevado a la aparición de diversas aplicaciones que emplean la geolocalización y los datos como eje. La empresa danesa Too Good To Go es un claro ejemplo. Esta app enumera una serie de restaurantes y locales cerca de la ubicación del usuario en la que puedes adquirir la comida elaborada y sobrante del día a un módico precio. Así, los restaurantes cuya comida se elabora diariamente, pueden dar salida a lo que no hayan vendido durante el día evitando tirarla a la basura. Por el otro lado, el usuario se beneficia de comprarla mucho más económica.

Como vemos, la tecnología aplicada en las urbes puede mejorar la calidad de vida de los ciudadanos y, a su vez, solucionar problemas sociales de índole mundial. Para conseguirlo, como ya hemos mencionado, la ciudadanía debe formar parte activa en todo el proceso. Este es el matiz clave para que los proyectos de ‘smartización’ pasen al plano práctico y dejen de ser mera teoría y discurso.

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